/ sábado 6 de octubre de 2018

Limón a la ......

Me parece increíble que a 50 años de los acontecimientos del 68, hay quienes insisten en seguirse rasgando la ropa por los sucesos que se derivaron por el movimiento estudiantil que terminó con lo que algunos llaman la matanza de Tlatelolco.

Algunos historiadores afirman que el movimiento buscaba un cambio democrático en el país, mayores libertades políticas, menor desigualdad y la renuncia del PRI al poder político. Algunos otros suman la eliminación del autoritarismo.

Tal vez esos historiadores olvidan que el conflicto surgió por un pleito entre estudiantes y por una sin razón y, que quizás, se originó como pretexto para iniciar una revuelta encabezada por la antigua izquierda mexicana. Nada más retador que imponer un régimen pro-izquierda justo en la frontera con EUA.

Recordemos que en esos años se vivía la “Guerra Fría” escenificada por el mundo capitalista y comunista. En verdad se trataba de una lucha hegemónica entre las 2 potencias encabezadas por EUA y la URSS.

México no era parte de ningún bloque, era un país “no alineado”, aunque con un perfil capitalista, en pleno desarrollo. Fueron los últimos años del “desarrollo estabilizador” que permitió grandes avances en todos los ámbitos, industrial, seguridad social, habitacional, educativo, infraestructura de todo tipo, tanto así que se llegó a reconocer como el “milagro mexicano”.

En ese entonces, el país crecía a pasos agigantados y de manera sostenida, las tasas de interés eran muy bajas, no había inflación y los recursos se administraban de buena forma y se destinaban a generar bienestar y crecimiento.

Lamentablemente este período fue aniquilado en la década de los setenta, por Luis Echeverría Álvarez, quien gracias a la adopción de políticas populistas y con una marcada tendencia a la izquierda inició la época de las crisis económicas que durante varias décadas padeció nuestra nación.

Algunos de los que participaron en el movimiento estudiantil (Joel Ortega y Carlos Marín, entre otros), han señalado que el Ejército respondió a una agresión de un grupo infiltrado entre los estudiantes y que ello derivo en la matanza y detención de los líderes del movimiento.

En mi muy particular punto de vista, el movimiento fue infiltrado y claramente intentó derrocar al Gobierno. Dicen que a grandes males, grandes remedios y, es por eso que los acontecimientos del 2 de octubre de 1968, evitaron que México entrará en caos y mantuviera su estabilidad política y su integridad como Nación ajena a la “Guerra Fría”.

Lejos de volver a acribillar y matar nuevamente al entonces presidente, Díaz Ordaz, sería conveniente que quienes manifiestan su repudio, sean capaces de reconocer que gracias a su intervención fue posible preservar la paz y la Nación.

Es absurdo que haya personas que sigan pidiendo su fusilamiento y que su amargura les haya llevado a retirar las placas conmemorativas de las obras que él inauguro y que son constancia de modernización del país.

En realidad, lo que han logrado esas personas es atentar contra la historia de la Ciudad de México y el legado de la infraestructura construida por Díaz Ordaz, el retirar una placa conmemorativa sólo satisface el ego de algunos pocos y mata las evidencias históricas del desarrollo del antes llamado Distrito Federal.

Si en verdad su odio es tan grande, yo me pregunto, por qué no además de quitar las placas, también destruyen el metro, finalmente esta obra nos hará recordarlo siempre y si lo que quieren es borrar su paso por la historia, pues entonces que también destruyan toda la obra pública de ese sexenio.

Nada más absurdo que ese odio tan irracional que lejos de sanar, provoca actitudes salvajes entre jóvenes que son tan ignorantes que segura estoy que nunca han leído la historia oficial y la historia verdadera (no oficial) de lo que sucedió y las causas que originaron este episodio.

Decía el presidente Kennedy que “la ignorancia de un votante en una democracia, pone en peligro la seguridad de todos”, usted haga su propio juicio.


Me parece increíble que a 50 años de los acontecimientos del 68, hay quienes insisten en seguirse rasgando la ropa por los sucesos que se derivaron por el movimiento estudiantil que terminó con lo que algunos llaman la matanza de Tlatelolco.

Algunos historiadores afirman que el movimiento buscaba un cambio democrático en el país, mayores libertades políticas, menor desigualdad y la renuncia del PRI al poder político. Algunos otros suman la eliminación del autoritarismo.

Tal vez esos historiadores olvidan que el conflicto surgió por un pleito entre estudiantes y por una sin razón y, que quizás, se originó como pretexto para iniciar una revuelta encabezada por la antigua izquierda mexicana. Nada más retador que imponer un régimen pro-izquierda justo en la frontera con EUA.

Recordemos que en esos años se vivía la “Guerra Fría” escenificada por el mundo capitalista y comunista. En verdad se trataba de una lucha hegemónica entre las 2 potencias encabezadas por EUA y la URSS.

México no era parte de ningún bloque, era un país “no alineado”, aunque con un perfil capitalista, en pleno desarrollo. Fueron los últimos años del “desarrollo estabilizador” que permitió grandes avances en todos los ámbitos, industrial, seguridad social, habitacional, educativo, infraestructura de todo tipo, tanto así que se llegó a reconocer como el “milagro mexicano”.

En ese entonces, el país crecía a pasos agigantados y de manera sostenida, las tasas de interés eran muy bajas, no había inflación y los recursos se administraban de buena forma y se destinaban a generar bienestar y crecimiento.

Lamentablemente este período fue aniquilado en la década de los setenta, por Luis Echeverría Álvarez, quien gracias a la adopción de políticas populistas y con una marcada tendencia a la izquierda inició la época de las crisis económicas que durante varias décadas padeció nuestra nación.

Algunos de los que participaron en el movimiento estudiantil (Joel Ortega y Carlos Marín, entre otros), han señalado que el Ejército respondió a una agresión de un grupo infiltrado entre los estudiantes y que ello derivo en la matanza y detención de los líderes del movimiento.

En mi muy particular punto de vista, el movimiento fue infiltrado y claramente intentó derrocar al Gobierno. Dicen que a grandes males, grandes remedios y, es por eso que los acontecimientos del 2 de octubre de 1968, evitaron que México entrará en caos y mantuviera su estabilidad política y su integridad como Nación ajena a la “Guerra Fría”.

Lejos de volver a acribillar y matar nuevamente al entonces presidente, Díaz Ordaz, sería conveniente que quienes manifiestan su repudio, sean capaces de reconocer que gracias a su intervención fue posible preservar la paz y la Nación.

Es absurdo que haya personas que sigan pidiendo su fusilamiento y que su amargura les haya llevado a retirar las placas conmemorativas de las obras que él inauguro y que son constancia de modernización del país.

En realidad, lo que han logrado esas personas es atentar contra la historia de la Ciudad de México y el legado de la infraestructura construida por Díaz Ordaz, el retirar una placa conmemorativa sólo satisface el ego de algunos pocos y mata las evidencias históricas del desarrollo del antes llamado Distrito Federal.

Si en verdad su odio es tan grande, yo me pregunto, por qué no además de quitar las placas, también destruyen el metro, finalmente esta obra nos hará recordarlo siempre y si lo que quieren es borrar su paso por la historia, pues entonces que también destruyan toda la obra pública de ese sexenio.

Nada más absurdo que ese odio tan irracional que lejos de sanar, provoca actitudes salvajes entre jóvenes que son tan ignorantes que segura estoy que nunca han leído la historia oficial y la historia verdadera (no oficial) de lo que sucedió y las causas que originaron este episodio.

Decía el presidente Kennedy que “la ignorancia de un votante en una democracia, pone en peligro la seguridad de todos”, usted haga su propio juicio.


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