/ viernes 10 de abril de 2020

El Toreo en México de 1821 a 1885

En 1835 llegó a nuestro país el espada gaditano, sin alternativa, Bernardo Gaviño, quien se ganó desde un principio los favores del público mexicano

Al consumarse, como ya se ha dicho, la independencia de México en 1821, de acuerdo a la narrativa del historiador Heriberto Lanfranchi en su obra “La Fiesta Brava en México y en España”, hubo una ruptura total con la Península Ibérica, llegándose al extremo de expulsar del país a todos los habitantes que habían nacido en España.

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“Sin embargo, y aunque por error hay muchas personas que creen lo contrario, las corridas de toros, consideradas como una reminiscencia de la dominación española en México, no fueron prohibidas, pero se desligaron completamente durante 50 años de la evolución que iban sufriendo en España.

En 1835 llegó a México el espada gaditano, sin alternativa, Bernardo Gaviño y Rueda, el cual supo ganarse desde un principio los favores del público mexicano y lograr que olvidaran que era español. En España había sido discípulo de Juan León ‘Leoncillo’, de Bartolomé Jiménez y otros, por lo que practicaba el toreo que era usual en España a fines del siglo XVIII. Por conveniencia y facilidad, y porque era lo único que sabía hacer, desde un principio empezó a matar a los toros de estocadas bajas de metisaca, vulgares bajonazos, acostumbrando de tal manera a los públicos mexicanos con dichas estocadas, que en 1884, cuando volvieron a venir a México toreros españoles (José Machío el primero de ellos importante), fueron repudiadas la estocadas al volapié, por lo tanto y dejando el acero en el cuerpo del toro. Los metisacas fueron considerados como toreo a la mexicana, mientras que las estocadas dejando el acero, toreo a la española, y se inició una falsa controversia entre los espectadores mexicanos, ignorantes casi todos ellos de que con metisacas bajos morían muchísimos de los toros en España en la época de José Delgado ‘Pepe Hillo’ a finales del siglo XVIII y, aún después.

Las corridas de toros en México, durante medio siglo, ignoraron los cambios sufridos en las españolas, así como las innovaciones introducidas por Francisco Montes ‘Paquiro’ y años después por Francisco Arjona ‘Cuchares’, Rafael Molina ‘Lagartijo’, Salvador Sánchez ‘Frascuelo’ y otros diestros españoles de menor nombradía. En México, las corridas en 1884 seguían siendo idénticas a las corridas mixtas que se daban en España a principios del siglo XIX, con sus fuegos artificiales, sus mojigangas, sus actos circenses y otras suertes ajenas a la lidia en sí, pero que servían de atractiva a los espectadores ingenuos y de poco saber taurino, para que compraran sus boletos y asistieran al espectáculo.

De 1835 hasta la prohibición de 1867 por don Benito Juárez, el único director de lidia que casi exclusivamente hubo en la Ciudad de México fue Bernardo Gaviño, aunque hay que decir que dicho título, director de lidia, era bastante irrisorio ya que en el ruedo los toreros hacían de continuo lo que les daba la gana y convertían las corridas en atroces herraderos.

Los toreros que había en México entre 1835 y 1840 seguían practicando el toreo que había sido usual en España a mediados del siglo XVIII, basado en la agilidad corporal, con muchos quiebros y saltos, y siendo casi todos ellos temerarios al máximo, pero no representaban un peligro para el toreo de Gaviño practicaba, por lo que pudo imponerlo fácilmente.

Cuando Bernardo Gaviño empezó a torear en México, su estilo fue asimilado de inmediato por los toreros mexicanos y casi todos empezaron a imitarle. Además, a partir de 1835, casi todos los diestros que tuvieron alguna notoriedad en México hasta 1885, fueron sus discípulos, y él, como maestro, no podía sino enseñar lo que sabía, es decir, el toreo español de principios del siglo XIX. Conservó siempre su sello particular, pero al no evolucionar, tanto en su manera de torear como en la de vestirse, lo que consiguió fue que en México, en 1885, se siguiera toreando como se hacía en España hacia 1810, es decir, como lo preconizaba José Delgado ‘Pepe Hillo’ en su Tauromaquia o Arte de Torear (1796-1804).

Todo el toreo de Bernardo Gaviño se reducía a poca cosa. Con el capote toreaba con las dos manos, dando una especie de verónicas de nulo lucimiento, mismas que daban los subalternos, pero ellos durante los tres tercios de la lidia. Al banderillear, solo lo hacía al cuarteo y, sobre todo, a la media vuelta, por lo que sus discípulos mexicanos no sabían hacer otra cosa. Muleta en mano, sólo daba los dos pases descritos en la Tauromaquia de ‘Pepe Hillo’, el natural y el de pecho. Los daba sin ningún mando, siempre sobre las piernas, perdiendo terreno de continuo, pero nunca más de tres o cuatro, tal y como era costumbre en el antiguo toreo español y que era la manera adecuada de muletear para su modo de estoquear.

Al matar, no iba a los toros, sino que esperaba que éstos se le arrancaran, pero sus estocadas no eran precisamente recibiendo sino que eran al revuelo, aguantando. Se colocaba un poco a la derecha del toro, fuera de la línea del cuerno derecho, sesgaba la muleta, completamente desplegada hacia el lado de la salida, se armaba y esperaba la embestida del toro. Al acometer éste, hacía un pequeño quiebro y terminaba la salida que había preparado de antemano. Hería en el espacio libre que los toros tienen entre el brazuelo y el pescuezo, en cuyo sitio, a poco que penetre el acero, les causa una muerte casi instantánea y no dejaba el estoque sino que lo sacaba. En pocas palabras, con el metisaca bajo era cuestión de segundos para que los toros empezaran a vomitar abundante sangre y rodaran muertos por la arena”.

Continuará…

DATO

El estilo del gaditano Bernardo Gaviño fue asimilado de inmediato por los toreros mexicanos y casi todos empezaron a imitarle.

Al consumarse, como ya se ha dicho, la independencia de México en 1821, de acuerdo a la narrativa del historiador Heriberto Lanfranchi en su obra “La Fiesta Brava en México y en España”, hubo una ruptura total con la Península Ibérica, llegándose al extremo de expulsar del país a todos los habitantes que habían nacido en España.

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“Sin embargo, y aunque por error hay muchas personas que creen lo contrario, las corridas de toros, consideradas como una reminiscencia de la dominación española en México, no fueron prohibidas, pero se desligaron completamente durante 50 años de la evolución que iban sufriendo en España.

En 1835 llegó a México el espada gaditano, sin alternativa, Bernardo Gaviño y Rueda, el cual supo ganarse desde un principio los favores del público mexicano y lograr que olvidaran que era español. En España había sido discípulo de Juan León ‘Leoncillo’, de Bartolomé Jiménez y otros, por lo que practicaba el toreo que era usual en España a fines del siglo XVIII. Por conveniencia y facilidad, y porque era lo único que sabía hacer, desde un principio empezó a matar a los toros de estocadas bajas de metisaca, vulgares bajonazos, acostumbrando de tal manera a los públicos mexicanos con dichas estocadas, que en 1884, cuando volvieron a venir a México toreros españoles (José Machío el primero de ellos importante), fueron repudiadas la estocadas al volapié, por lo tanto y dejando el acero en el cuerpo del toro. Los metisacas fueron considerados como toreo a la mexicana, mientras que las estocadas dejando el acero, toreo a la española, y se inició una falsa controversia entre los espectadores mexicanos, ignorantes casi todos ellos de que con metisacas bajos morían muchísimos de los toros en España en la época de José Delgado ‘Pepe Hillo’ a finales del siglo XVIII y, aún después.

Las corridas de toros en México, durante medio siglo, ignoraron los cambios sufridos en las españolas, así como las innovaciones introducidas por Francisco Montes ‘Paquiro’ y años después por Francisco Arjona ‘Cuchares’, Rafael Molina ‘Lagartijo’, Salvador Sánchez ‘Frascuelo’ y otros diestros españoles de menor nombradía. En México, las corridas en 1884 seguían siendo idénticas a las corridas mixtas que se daban en España a principios del siglo XIX, con sus fuegos artificiales, sus mojigangas, sus actos circenses y otras suertes ajenas a la lidia en sí, pero que servían de atractiva a los espectadores ingenuos y de poco saber taurino, para que compraran sus boletos y asistieran al espectáculo.

De 1835 hasta la prohibición de 1867 por don Benito Juárez, el único director de lidia que casi exclusivamente hubo en la Ciudad de México fue Bernardo Gaviño, aunque hay que decir que dicho título, director de lidia, era bastante irrisorio ya que en el ruedo los toreros hacían de continuo lo que les daba la gana y convertían las corridas en atroces herraderos.

Los toreros que había en México entre 1835 y 1840 seguían practicando el toreo que había sido usual en España a mediados del siglo XVIII, basado en la agilidad corporal, con muchos quiebros y saltos, y siendo casi todos ellos temerarios al máximo, pero no representaban un peligro para el toreo de Gaviño practicaba, por lo que pudo imponerlo fácilmente.

Cuando Bernardo Gaviño empezó a torear en México, su estilo fue asimilado de inmediato por los toreros mexicanos y casi todos empezaron a imitarle. Además, a partir de 1835, casi todos los diestros que tuvieron alguna notoriedad en México hasta 1885, fueron sus discípulos, y él, como maestro, no podía sino enseñar lo que sabía, es decir, el toreo español de principios del siglo XIX. Conservó siempre su sello particular, pero al no evolucionar, tanto en su manera de torear como en la de vestirse, lo que consiguió fue que en México, en 1885, se siguiera toreando como se hacía en España hacia 1810, es decir, como lo preconizaba José Delgado ‘Pepe Hillo’ en su Tauromaquia o Arte de Torear (1796-1804).

Todo el toreo de Bernardo Gaviño se reducía a poca cosa. Con el capote toreaba con las dos manos, dando una especie de verónicas de nulo lucimiento, mismas que daban los subalternos, pero ellos durante los tres tercios de la lidia. Al banderillear, solo lo hacía al cuarteo y, sobre todo, a la media vuelta, por lo que sus discípulos mexicanos no sabían hacer otra cosa. Muleta en mano, sólo daba los dos pases descritos en la Tauromaquia de ‘Pepe Hillo’, el natural y el de pecho. Los daba sin ningún mando, siempre sobre las piernas, perdiendo terreno de continuo, pero nunca más de tres o cuatro, tal y como era costumbre en el antiguo toreo español y que era la manera adecuada de muletear para su modo de estoquear.

Al matar, no iba a los toros, sino que esperaba que éstos se le arrancaran, pero sus estocadas no eran precisamente recibiendo sino que eran al revuelo, aguantando. Se colocaba un poco a la derecha del toro, fuera de la línea del cuerno derecho, sesgaba la muleta, completamente desplegada hacia el lado de la salida, se armaba y esperaba la embestida del toro. Al acometer éste, hacía un pequeño quiebro y terminaba la salida que había preparado de antemano. Hería en el espacio libre que los toros tienen entre el brazuelo y el pescuezo, en cuyo sitio, a poco que penetre el acero, les causa una muerte casi instantánea y no dejaba el estoque sino que lo sacaba. En pocas palabras, con el metisaca bajo era cuestión de segundos para que los toros empezaran a vomitar abundante sangre y rodaran muertos por la arena”.

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