/ lunes 13 de julio de 2020

Anécdotas de los adultos mayores en el Taller de Literatura del IMAC

A través de sus textos, algunos abuelitos comparten historias de su infancia

Aunque debido a la contingencia sanitaria, los participantes de los Talleres de Literatura en las Unidades de Exploración Artística (UEA’s) no han podido asistir a tomar las clases impartidas por la maestra Bárbara Morales, ellos siguen trabajando desde casa.

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Algunos de esos talleres atienden a adultos mayores, quienes a través de esta disciplina, aprender a expresar sus emociones, ideas y recuerdos. En esta ocasión, son ellos quienes nos comparten anécdotas de su infancia, similares a las que muchos de nosotros escuchamos en voces de nuestros abuelos.

(Catalina, 92 años)

Yo nací hace muchos años en un pueblo de Guanajuato.

Mi familia era muy pobre, no teníamos juguetes; así que nos divertíamos con lo que encontrábamos a nuestro paso.

Recuerdo que nos gustaba correr entre las milpas y jugar escondidillas. Un día salí con mis hermanos, éramos 8, andábamos correteando y de repente siento algo que me quemaba la mano, y que me veo, era un azotador; me asusté y grité mucho, todos corrieron a ayudarme. Yo gritaba ¡El gusano! ¡El gusano! ¡Quíntenmelo!

Me llevaron a la casa, mi mamá me lo quito, pero me quedó la mano muy fea, porque esos animales queman. Desde ese día, mi peor miedo son los gusanos.

(Martha, 75 años)

De niña visitaba a mis abuelitos. En ese tiempo se acostumbraba tener puercos en casa, y también hacer carnitas y chicharrón, para la familia y para vender.

Un día mi mamá me dijo que íbamos a ir a visitar a mis abuelos, y me puse feliz porque me consentían mucho, pero no me imaginé lo que pasaría.

Al llegar comimos, y cuando terminamos me dijeron que me encerrara en uno de los cuartos, y de repente escuché mucho ruido en el patio, me asomé y traían a un puerco amarrado de una pata y queriéndolo matar. ¡Pobrecito!

Vi que le cortaban el hocico, me tapé los ojos y escuché un chillido muy fuerte. Resulta que a los puercos lo amarraban, les cortaban el hocico para que se cayeran del dolor y después les enterraban un cuchillo en el corazón. Yo no sabía que esos puercos eran las carnitas y el chicharrón que nos comíamos, y que mis abuelos vendían.

El recuerdo de ese chillido me duró mucho tiempo en mis oídos.


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(Catalina, 92 años)

Yo nací hace muchos años en un pueblo de Guanajuato.

Mi familia era muy pobre, no teníamos juguetes; así que nos divertíamos con lo que encontrábamos a nuestro paso.

Recuerdo que nos gustaba correr entre las milpas y jugar escondidillas. Un día salí con mis hermanos, éramos 8, andábamos correteando y de repente siento algo que me quemaba la mano, y que me veo, era un azotador; me asusté y grité mucho, todos corrieron a ayudarme. Yo gritaba ¡El gusano! ¡El gusano! ¡Quíntenmelo!

Me llevaron a la casa, mi mamá me lo quito, pero me quedó la mano muy fea, porque esos animales queman. Desde ese día, mi peor miedo son los gusanos.

(Martha, 75 años)

De niña visitaba a mis abuelitos. En ese tiempo se acostumbraba tener puercos en casa, y también hacer carnitas y chicharrón, para la familia y para vender.

Un día mi mamá me dijo que íbamos a ir a visitar a mis abuelos, y me puse feliz porque me consentían mucho, pero no me imaginé lo que pasaría.

Al llegar comimos, y cuando terminamos me dijeron que me encerrara en uno de los cuartos, y de repente escuché mucho ruido en el patio, me asomé y traían a un puerco amarrado de una pata y queriéndolo matar. ¡Pobrecito!

Vi que le cortaban el hocico, me tapé los ojos y escuché un chillido muy fuerte. Resulta que a los puercos lo amarraban, les cortaban el hocico para que se cayeran del dolor y después les enterraban un cuchillo en el corazón. Yo no sabía que esos puercos eran las carnitas y el chicharrón que nos comíamos, y que mis abuelos vendían.

El recuerdo de ese chillido me duró mucho tiempo en mis oídos.


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