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ATALAYA 12 DE NOVIEMBRE 2017

  • Redacción

Don Óscar 

Por Mario César Macías Zuñiga

Dos años antes de que muriera platiqué con un hombre cuyo joven hijo había sido privado de su libertad al estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno.  El señor nunca volvió a saber nada de su vástago. La tristeza dio paso a una enfermedad que lo consumió y meses después de esa charla su corazón se cansó. Platiqué con este hombre en el enorme jardín de su propiedad. Su esperanza de saber algo de su hijo era apenas similar a la leve llama de una veladora, parecía que en cualquier momento se apagaría, tambaleaba, cuando la flama crecía era que en realidad se estaba adelgazando y luchaba por no extinguirse. Esa mañana me limité a escucharlo en silencio. No hay palabras que ayuden ante ese dolor e impotencia.

Terminó por decirme que si no se lo regresaban con vida, al menos suplicaba que le dijeran donde lo habían sepultado para llevarle una cruz y encender una vela- dora. Soñaba con saber dónde estaba la tierra en que dejaría caer sus lágrimas. Se fue con esa aspiración a la tumba. Recuerdo a don Óscar y esa última plática sostenida años atrás en el viejo pozo de La Huerta Gámez. Fue la última vez que lo vi y me tenía una agradable sorpresa. Me llevó hacia el poniente del jardín, recarga- da sobre el tronco y las ramas de un bello árbol estaba de pie la añeja cruz de madera que hace alrededor de dos décadas usábamos en las pascuas juveniles.

¡Qué recuerdos al ver esa cruz don Óscar! Cuando todo apuntaba a que no podría confiar en un grupo de jóvenes acusados de malas personas, revoltosos e irreverentes a la autoridad eclesiástica, usted nos dio su confianza y todo el apoyo. ¿Cómo se paga eso?. Rescató esa cruz y la colocó en un lugar especial en memoria de su hijo, en memoria de Óscar. Quizá al ver esos maderos le recordaban a su hijo corriendo con otros adolescentes por los pasillos y pastos del jardín. Cuando nos despedimos me pidió que si llegaba a saber algo de su hijo se lo informara inmediatamente, fuera la noticia que fuera. Pasaron los meses y me enteré que don Óscar había fallecido, ya había pasado su velorio y sepelio. Reclamé porque no me avisaron a la brevedad. En realidad buscaba culpar a alguien más por no haber visitado a mi amigo en esos últimos días, por no poderme despedir de él.

Días después, en una añeja calle del centro históri- co, me encontré con la hija más pequeña de don Óscar. Ella vestía de negro en señal de luto y no hubo necesidad de palabras, nos dimos un largo abrazo en silencio. Nos conocemos desde que ella era una niña y yo un adoles- cente.

Al despedirnos me hizo la misma petición que su pa- dre años atrás, que le informara si llegaba a saber algo del paradero de su hermano. ¡Ay Sandra!

Hoy tengo fe en que padre e hijo ya se encontraron, que ya están juntos allá donde no hay tiempo.

En mayo del 2013, el entonces Fiscal estatal de Aguas- calientes informó que las nueves personas que fueron sacadas de un antro al norte de la ciudad capital el 29 de abril de 2007, fueron asesinadas en Zacatecas. De las nueve personas, siete no tenían nada que ver en el conflicto y estaban realizando trabajos de albañilería en el centro nocturno cuando el comando armado llegó, uno de esos era el joven Óscar.