/ viernes 5 de agosto de 2022

Taza de Soles | Recuerdo a Hamlet

Según, Jorge Terrones, autor del texto dramático “El vuelo de Thelma” el nombre que designa al personaje femenino protagónico contiene, a modo de anagrama, el nombre de Hamlet y este descubrimiento es una de las claves de su obra. Es como si Terrones hubiera descubierto las relaciones íntimas y secretas entre la tragedia shakesperiana, ubicada en Dinamarca y cualquier tragedia cotidiana que podría ocurrir en las inmediaciones de esta ciudad de tierra adentro, que tiene en Saturnino Herrán a uno de sus pintores emblemáticos. Expresa Jorge su sorpresa ante la buena recepción que ha tenido su obra, presentada ya en varios espacios escénicos y elegida para ser parte de la Muestra Estatal de Teatro, cuya función se llevó a cabo anoche en el Teatro Antonio Leal y Romero. Cualquiera se sorprende, antes de conocer el poderoso texto, la magnífica puesta en escena, la actuación fenomenal de la actriz Daniela Vasch, la atinada dirección de Daniel Mosqueda y la efectiva producción de Esperanza Parras. Después, la asistencia del público llenando los espacios nos parece un resultado natural y necesario. Anoche asistimos al teatro de la Casa de la Cultura más de doscientas personas y experimentamos algo de la catarsis pregonada por Aristóteles. Esa facultad de la tragedia “de redimir, de soportar la purificación, de sus propias bajas pasiones, al verlas proyectadas en los personajes de la obra. De modo que después de presenciar la obra teatral el espectador se entenderá mejor a sí mismo y no repetirá la cadena de decisiones que llevaron a los personajes a su fatídico final”. Con la salvedad de que no estuvimos frente a una tragedia en su pureza, si no delante de un producto textual que conlleva una severa crítica social y familiar, que implica una toma de conciencia y un reclamo ante los estrujamientos internos a los que el sujeto se ve sometido para adaptarse a los entornos familiares y sociales. Ante todo esto, yo me hago varias preguntas, pero la más importante quizá sea:

¿Cómo nace y se forma un dramaturgo en estas latitudes? Recuerdo que hace algunos años, la Universidad Autónoma de Aguascalientes, a través de su Departamento de Letras, lanzó una convocatoria, bajo el nombre de Sabina Berman para incentivar la participación de quienes tuvieran interés en este género literario. Sin saber exactamente los datos, cualquiera puede confirmar que esta convocatoria dejó de aparecer por falta de trabajos. Sin embargo, los trabajos se estaban gestando de cualquier forma. Con estímulo o sin él. Jorge Terrones cuenta que se tardó tres años en dar a su texto la versión que ahora conocemos. Es innegable que Aguascalientes, tierra de poetas, ha producido escasos dramaturgos. Pero el drama no está desprovisto de poesía, de juego con el lenguaje, de metáforas audaces, de repeticiones, de onomatopeyas significativas. Shakespeare, lo sabemos, fue gran poeta. Jorge también lo es. Y es en el lenguaje donde el autor de “El viaje de Thelma” aspira a encontrar las respuestas. En la crítica al lenguaje. En la revisión de las frases hechas, en el cuestionamiento a la inagotable y muchas veces dolorosa cortesía que nos mantiene con el rostro inmovible en la sonrisa acartonada “¿Cómo estás?” “Estoy bien”. “Estoy bien, que nadie se preocupe” Éste y otros fragmentos del monólogo nos mantuvieron al filo de la butaca por más de una hora. Sin respirar apenas. Atentos a cada giro, a cada movimiento en el escenario. A cada cambio de luz, a cada sugerencia. Atentos al desarrollo y al desenlace. A la incitación a profundizar en la ansiedad del personaje, a su develamiento vital. A su expansión. Porque se trata de él o de ella, pero también de nosotros. Porque las palabras, las imágenes, las luces y las sombras nos provocan emociones y recuerdos, ecos y silencios. ¿Cómo va a terminar todo esto? ¿Cómo va a volar Thelma? La palabra vuelo sugiere dos sentidos fundamentales. Muerte y vida. Elección de una identidad. Elegir entre Literatura o realidad. Se nos dice en la obra que nuestro pintor emblemático tuvo un pincel más definido para delinear el perfil de las mujeres en sus cuadros y este elemento femenino lo distingue de la furia de Hamlet, que siempre habla detrás de la máscara, que es más artístico en sus movimientos, pero es menos inteligible y más oscuro. La obra desemboca en un final poco predecible. El personaje decide abandonar el escenario entonando una canción tomada del repertorio popular de la infancia. Una canción casi consoladora, casi tierna. Gracias, Jorge, por correr ese riesgo. Un riesgo bien medido. El público responde con aplausos. Algunos que se ponen de pie. Yo recuerdo el poema de Arlette Luévano“Olvidos”: “Tuve que huir de Fraguas, /como todos, /como fue vaticinado. /[…] y nada mío regrese a Fraguas,/que florezcan ahí ternuras nuevas“.

Según, Jorge Terrones, autor del texto dramático “El vuelo de Thelma” el nombre que designa al personaje femenino protagónico contiene, a modo de anagrama, el nombre de Hamlet y este descubrimiento es una de las claves de su obra. Es como si Terrones hubiera descubierto las relaciones íntimas y secretas entre la tragedia shakesperiana, ubicada en Dinamarca y cualquier tragedia cotidiana que podría ocurrir en las inmediaciones de esta ciudad de tierra adentro, que tiene en Saturnino Herrán a uno de sus pintores emblemáticos. Expresa Jorge su sorpresa ante la buena recepción que ha tenido su obra, presentada ya en varios espacios escénicos y elegida para ser parte de la Muestra Estatal de Teatro, cuya función se llevó a cabo anoche en el Teatro Antonio Leal y Romero. Cualquiera se sorprende, antes de conocer el poderoso texto, la magnífica puesta en escena, la actuación fenomenal de la actriz Daniela Vasch, la atinada dirección de Daniel Mosqueda y la efectiva producción de Esperanza Parras. Después, la asistencia del público llenando los espacios nos parece un resultado natural y necesario. Anoche asistimos al teatro de la Casa de la Cultura más de doscientas personas y experimentamos algo de la catarsis pregonada por Aristóteles. Esa facultad de la tragedia “de redimir, de soportar la purificación, de sus propias bajas pasiones, al verlas proyectadas en los personajes de la obra. De modo que después de presenciar la obra teatral el espectador se entenderá mejor a sí mismo y no repetirá la cadena de decisiones que llevaron a los personajes a su fatídico final”. Con la salvedad de que no estuvimos frente a una tragedia en su pureza, si no delante de un producto textual que conlleva una severa crítica social y familiar, que implica una toma de conciencia y un reclamo ante los estrujamientos internos a los que el sujeto se ve sometido para adaptarse a los entornos familiares y sociales. Ante todo esto, yo me hago varias preguntas, pero la más importante quizá sea:

¿Cómo nace y se forma un dramaturgo en estas latitudes? Recuerdo que hace algunos años, la Universidad Autónoma de Aguascalientes, a través de su Departamento de Letras, lanzó una convocatoria, bajo el nombre de Sabina Berman para incentivar la participación de quienes tuvieran interés en este género literario. Sin saber exactamente los datos, cualquiera puede confirmar que esta convocatoria dejó de aparecer por falta de trabajos. Sin embargo, los trabajos se estaban gestando de cualquier forma. Con estímulo o sin él. Jorge Terrones cuenta que se tardó tres años en dar a su texto la versión que ahora conocemos. Es innegable que Aguascalientes, tierra de poetas, ha producido escasos dramaturgos. Pero el drama no está desprovisto de poesía, de juego con el lenguaje, de metáforas audaces, de repeticiones, de onomatopeyas significativas. Shakespeare, lo sabemos, fue gran poeta. Jorge también lo es. Y es en el lenguaje donde el autor de “El viaje de Thelma” aspira a encontrar las respuestas. En la crítica al lenguaje. En la revisión de las frases hechas, en el cuestionamiento a la inagotable y muchas veces dolorosa cortesía que nos mantiene con el rostro inmovible en la sonrisa acartonada “¿Cómo estás?” “Estoy bien”. “Estoy bien, que nadie se preocupe” Éste y otros fragmentos del monólogo nos mantuvieron al filo de la butaca por más de una hora. Sin respirar apenas. Atentos a cada giro, a cada movimiento en el escenario. A cada cambio de luz, a cada sugerencia. Atentos al desarrollo y al desenlace. A la incitación a profundizar en la ansiedad del personaje, a su develamiento vital. A su expansión. Porque se trata de él o de ella, pero también de nosotros. Porque las palabras, las imágenes, las luces y las sombras nos provocan emociones y recuerdos, ecos y silencios. ¿Cómo va a terminar todo esto? ¿Cómo va a volar Thelma? La palabra vuelo sugiere dos sentidos fundamentales. Muerte y vida. Elección de una identidad. Elegir entre Literatura o realidad. Se nos dice en la obra que nuestro pintor emblemático tuvo un pincel más definido para delinear el perfil de las mujeres en sus cuadros y este elemento femenino lo distingue de la furia de Hamlet, que siempre habla detrás de la máscara, que es más artístico en sus movimientos, pero es menos inteligible y más oscuro. La obra desemboca en un final poco predecible. El personaje decide abandonar el escenario entonando una canción tomada del repertorio popular de la infancia. Una canción casi consoladora, casi tierna. Gracias, Jorge, por correr ese riesgo. Un riesgo bien medido. El público responde con aplausos. Algunos que se ponen de pie. Yo recuerdo el poema de Arlette Luévano“Olvidos”: “Tuve que huir de Fraguas, /como todos, /como fue vaticinado. /[…] y nada mío regrese a Fraguas,/que florezcan ahí ternuras nuevas“.