/ jueves 13 de enero de 2022

Fuera de Agenda | Lecciones de una Embajadora

Si algo caracterizó la primera mitad del sexenio en la relación de seguridad entre México y Estados Unidos fue que la confianza se perdió. A partir de diciembre de 2018 con el inicio de la administración de Andrés Manuel López Obrador, hubo una serie de medidas unilaterales del nuevo gobierno mexicano que afectaron los canales de comunicación e intercambio de información. En muy poco tiempo se anuló la capacidad de interlocución con todas las implicaciones que eso conllevaba.

El caso que mejor ilustra fue la detención de Salvador Cienfuegos Zepeda, ex secretario de la Defensa Nacional, cuya orden de captura nunca fue comunicada en las tres visitas previas que realizó al país el entonces fiscal general estadounidenses William Barr. No había confianza con el gobierno de México. Y hubo un mal manejo del caso por la administración estadounidense que tuvo consecuencias con el congelamiento de la agenda de seguridad, la burbuja no estalló porque vino la liberación y deportación del general.

Hasta ese momento lo más valioso entre la relación bilateral era que la Iniciativa Mérida permitió construir relaciones de confianza entre entidades que antes no se hablaban. El caso de las fuerzas armadas de ambos países con la Marina en primer plano fue un ejemplo. Pero los cambios de gobierno colocaron de nuevo en mal momento la relación. La llegada hace un año a la Casa Blanca de Joe Biden y la necesidad de actualizar los mecanismos de cooperación dieron paso al llamado Entendimiento Bicentenario.

Detrás de las declaraciones, las fotos y los apretones de manos entre funcionarios de ambos países, la ruta al iniciar el 2022 se vislumbra poco prometedora. En noviembre habrá elecciones intermedias en Estados Unidos y el escenario pinta para que el Partido Demócrata pierda la mayoría en el Congreso estadounidense y muy probable también en el Senado. Las implicaciones serían que la administración Biden reduzca su margen de maniobra con lo que el gobierno mexicano tendrá que lidiar con los intereses de la agenda del Partido Republicano en el Congreso.

Las lecciones de estos tres años son múltiples. Sobre todo cuando se trata de quien tuvo una de las responsabilidades de mayor calado para un diplomático de carrera al frente de la Embajada de México en Washington. Pocas misiones del servicio exterior revisten tal importancia y complejidad, conducir la relación como lo hizo Martha Bárcena quien tuvo esa misión desde 2018 hasta el año pasado, ha sido de lo más destacado del actual sexenio.

Después de escuchar sus opiniones y análisis el pasado miércoles 12 de enero durante el Seminario sobre Violencia y Paz, que coordina Sergio Aguayo en el Colegio de México, queda claro que la agenda del Entendimiento Bicentenario es más que ambiciosa. Lograr por lo menos la mitad de los objetivos podría traducirse en el inicio de algo que va más allá de un cambio. Significaría una renovación del paradigma –pasar de privilegiar el uso de la fuerza y la coerción penal a profundizar la agenda social—de la agenda binacional de seguridad. Esto tendría otras implicaciones, antes el gobierno mexicano deberá transitar de una visión interiorizada y limitada, para retomar el rol protagónico que le corresponde en la agenda global.

Si algo caracterizó la primera mitad del sexenio en la relación de seguridad entre México y Estados Unidos fue que la confianza se perdió. A partir de diciembre de 2018 con el inicio de la administración de Andrés Manuel López Obrador, hubo una serie de medidas unilaterales del nuevo gobierno mexicano que afectaron los canales de comunicación e intercambio de información. En muy poco tiempo se anuló la capacidad de interlocución con todas las implicaciones que eso conllevaba.

El caso que mejor ilustra fue la detención de Salvador Cienfuegos Zepeda, ex secretario de la Defensa Nacional, cuya orden de captura nunca fue comunicada en las tres visitas previas que realizó al país el entonces fiscal general estadounidenses William Barr. No había confianza con el gobierno de México. Y hubo un mal manejo del caso por la administración estadounidense que tuvo consecuencias con el congelamiento de la agenda de seguridad, la burbuja no estalló porque vino la liberación y deportación del general.

Hasta ese momento lo más valioso entre la relación bilateral era que la Iniciativa Mérida permitió construir relaciones de confianza entre entidades que antes no se hablaban. El caso de las fuerzas armadas de ambos países con la Marina en primer plano fue un ejemplo. Pero los cambios de gobierno colocaron de nuevo en mal momento la relación. La llegada hace un año a la Casa Blanca de Joe Biden y la necesidad de actualizar los mecanismos de cooperación dieron paso al llamado Entendimiento Bicentenario.

Detrás de las declaraciones, las fotos y los apretones de manos entre funcionarios de ambos países, la ruta al iniciar el 2022 se vislumbra poco prometedora. En noviembre habrá elecciones intermedias en Estados Unidos y el escenario pinta para que el Partido Demócrata pierda la mayoría en el Congreso estadounidense y muy probable también en el Senado. Las implicaciones serían que la administración Biden reduzca su margen de maniobra con lo que el gobierno mexicano tendrá que lidiar con los intereses de la agenda del Partido Republicano en el Congreso.

Las lecciones de estos tres años son múltiples. Sobre todo cuando se trata de quien tuvo una de las responsabilidades de mayor calado para un diplomático de carrera al frente de la Embajada de México en Washington. Pocas misiones del servicio exterior revisten tal importancia y complejidad, conducir la relación como lo hizo Martha Bárcena quien tuvo esa misión desde 2018 hasta el año pasado, ha sido de lo más destacado del actual sexenio.

Después de escuchar sus opiniones y análisis el pasado miércoles 12 de enero durante el Seminario sobre Violencia y Paz, que coordina Sergio Aguayo en el Colegio de México, queda claro que la agenda del Entendimiento Bicentenario es más que ambiciosa. Lograr por lo menos la mitad de los objetivos podría traducirse en el inicio de algo que va más allá de un cambio. Significaría una renovación del paradigma –pasar de privilegiar el uso de la fuerza y la coerción penal a profundizar la agenda social—de la agenda binacional de seguridad. Esto tendría otras implicaciones, antes el gobierno mexicano deberá transitar de una visión interiorizada y limitada, para retomar el rol protagónico que le corresponde en la agenda global.