/ viernes 31 de diciembre de 2021

 El reto de agradecerlo todo 

Amable lector (a) que te has detenido frente a este título, quizá te preguntes ¿Cómo agradecerlo “todo”? ¿También lo negativo, incluyendo la vejez y la muerte, las enfermedades y el dolor? ¿También la impotencia de ver lo poco que podemos hacer? ¿Agradecer las incomunicaciones y los malos entendidos, la indiferencia de los demás, los silencios a los que nos someten amigos y familiares. ¿Cómo agradecer nuestro cuerpo, si es gordo y no responde a ninguna clase de alimentación, o sí es flaco y parece que no puede nutrirse? ¿Y nuestra voluntad endeble que no nos ayuda a cumplir los propósitos y planes? ¿Y el medio? Este mundo, cada vez más loco y menos inteligible, como decía mi abuelita ¿y las nuevas generaciones, “de cristal”, como algunos han calificado? ¿Y nosotros mismos, que no somos los que habíamos soñado ser? La gratitud en el balance de fin de año es el gran reto, el gran desafío de la imaginación. Hace falta un profundo silencio interior para plantarse frente a toda esta realidad y decir gracias, desde el corazón, no solo desde la postura individual, del “gracias agónico” de muchos, que resignadamente agradecen porque “aún estamos vivos”, que porque “medio tenemos salud”, que porque “después de todo no nos ha ido tan mal”, y empezamos un recuento de logros, de acciones positivas, de buenos momentos. Pero yo creo que eso no es suficiente. Que aún en ese momento no nos hemos planteado de manera radical la posibilidad de dar gracias de manera plena y total.

Les platico que no es fácil, pero hay un camino y se llama “contemplación”. Yo no lo inventé, obviamente. El método existe, desde hace siglos. Algunos lo seguimos, más o menos al azar. Y vamos descubriendo cosas, con la sola estrategia de estar atentos, de estar presentes en el mundo. De estar “a la escucha”, para poder encontrar un “sentido” a lo que pasa, a lo que se presenta en nuestro espacio cultural, político, social, religioso, etcétera. Indudablemente, la visión y el sentido dependen de cada uno, pero todos podemos ir desarrollando esa mirada. Les pongo, como ejemplo, dos experiencias que me han sucedido en estos días, mientras pensaba cómo redactar este artículo. Las dos tienen que ver con películas que se están exhibiendo en estos momentos. La primera, quizá lo adivinaron, fue la última de la zaga de “El hombre araña”, a la que fui, invitada por mis hijas y mis nietos, y porque tenía ganas de regresar a una sala de cine después de la limitación de la pandemia. Pero no se anticipen a mis comentarios. Como mujer de setenta años, es obvio que no pueda valorar y quizá ni siquiera entender el mecanismo que mueve las voluntades de muchos a pasar un buen rato con este cine “palomero”, que llama a multitudes a las salas. Pero yo fui niña educada en el gusto cinematográfico con películas de Tarzán y western que repetían incansables el drama de indios y vaqueros en aquellas matinés del Cine Encanto. Quizá puedo entenderlo, aunque no me guste. Lo quiero entender como preparación de una sensibilidad de los más chicos -quienes a través de los comentarios críticos con sus mayores- puedan después acceder y degustar de otros productos. Porque hace falta la crítica. Eso se puede constatar en el mismo medio cinematográfico. El hartazgo se hace presente en películas como la que se está estrenando en estos días en la plataforma Netflix “No miren arriba”. Hartazgo de la manipulación de las élites políticas y mediáticas, pero hartazgo también de la estupidez de las reacciones de un público cada vez más manipulable y mediatizado. Sin embargo, la sátira, la parodia de esta sociedad norteamericana es más universal de lo que parece y nos podemos reconocer en varias de sus actitudes. Lo interesante es que la trama plantea un regreso a la familia y a los valores religiosos, de manera nada casual, en los personajes más jóvenes. Esa generación que algunos adultos, con cierta soberbia, llama “de cristal”, está configurada en algunos personajes del arte y la literatura, como la más avocada para devolver a la sociedad a sus valores esenciales.

Esta ha sido mi experiencia en estos días. De manera que este artículo lo escribo en parte como fruto de mi actitud meditativa. De mi ser abierto hacia la escucha. Más allá de mi pequeño circulo, extiendo la mirada sobre el mundo y me pregunto por su sentido. ¿El mundo está loco, como decía mi abuelita? ¿El mundo ha perdido sus valores y la generación que nos vamos, es la última que tuvo rasgos de humanidad? O quizá todos, de manera humilde, tenemos que agradecerlo todo, para que algo empiece a cambiar. Feliz año 2022. Mándeme sus comentarios a marlisa2000mx@gmail.com

Amable lector (a) que te has detenido frente a este título, quizá te preguntes ¿Cómo agradecerlo “todo”? ¿También lo negativo, incluyendo la vejez y la muerte, las enfermedades y el dolor? ¿También la impotencia de ver lo poco que podemos hacer? ¿Agradecer las incomunicaciones y los malos entendidos, la indiferencia de los demás, los silencios a los que nos someten amigos y familiares. ¿Cómo agradecer nuestro cuerpo, si es gordo y no responde a ninguna clase de alimentación, o sí es flaco y parece que no puede nutrirse? ¿Y nuestra voluntad endeble que no nos ayuda a cumplir los propósitos y planes? ¿Y el medio? Este mundo, cada vez más loco y menos inteligible, como decía mi abuelita ¿y las nuevas generaciones, “de cristal”, como algunos han calificado? ¿Y nosotros mismos, que no somos los que habíamos soñado ser? La gratitud en el balance de fin de año es el gran reto, el gran desafío de la imaginación. Hace falta un profundo silencio interior para plantarse frente a toda esta realidad y decir gracias, desde el corazón, no solo desde la postura individual, del “gracias agónico” de muchos, que resignadamente agradecen porque “aún estamos vivos”, que porque “medio tenemos salud”, que porque “después de todo no nos ha ido tan mal”, y empezamos un recuento de logros, de acciones positivas, de buenos momentos. Pero yo creo que eso no es suficiente. Que aún en ese momento no nos hemos planteado de manera radical la posibilidad de dar gracias de manera plena y total.

Les platico que no es fácil, pero hay un camino y se llama “contemplación”. Yo no lo inventé, obviamente. El método existe, desde hace siglos. Algunos lo seguimos, más o menos al azar. Y vamos descubriendo cosas, con la sola estrategia de estar atentos, de estar presentes en el mundo. De estar “a la escucha”, para poder encontrar un “sentido” a lo que pasa, a lo que se presenta en nuestro espacio cultural, político, social, religioso, etcétera. Indudablemente, la visión y el sentido dependen de cada uno, pero todos podemos ir desarrollando esa mirada. Les pongo, como ejemplo, dos experiencias que me han sucedido en estos días, mientras pensaba cómo redactar este artículo. Las dos tienen que ver con películas que se están exhibiendo en estos momentos. La primera, quizá lo adivinaron, fue la última de la zaga de “El hombre araña”, a la que fui, invitada por mis hijas y mis nietos, y porque tenía ganas de regresar a una sala de cine después de la limitación de la pandemia. Pero no se anticipen a mis comentarios. Como mujer de setenta años, es obvio que no pueda valorar y quizá ni siquiera entender el mecanismo que mueve las voluntades de muchos a pasar un buen rato con este cine “palomero”, que llama a multitudes a las salas. Pero yo fui niña educada en el gusto cinematográfico con películas de Tarzán y western que repetían incansables el drama de indios y vaqueros en aquellas matinés del Cine Encanto. Quizá puedo entenderlo, aunque no me guste. Lo quiero entender como preparación de una sensibilidad de los más chicos -quienes a través de los comentarios críticos con sus mayores- puedan después acceder y degustar de otros productos. Porque hace falta la crítica. Eso se puede constatar en el mismo medio cinematográfico. El hartazgo se hace presente en películas como la que se está estrenando en estos días en la plataforma Netflix “No miren arriba”. Hartazgo de la manipulación de las élites políticas y mediáticas, pero hartazgo también de la estupidez de las reacciones de un público cada vez más manipulable y mediatizado. Sin embargo, la sátira, la parodia de esta sociedad norteamericana es más universal de lo que parece y nos podemos reconocer en varias de sus actitudes. Lo interesante es que la trama plantea un regreso a la familia y a los valores religiosos, de manera nada casual, en los personajes más jóvenes. Esa generación que algunos adultos, con cierta soberbia, llama “de cristal”, está configurada en algunos personajes del arte y la literatura, como la más avocada para devolver a la sociedad a sus valores esenciales.

Esta ha sido mi experiencia en estos días. De manera que este artículo lo escribo en parte como fruto de mi actitud meditativa. De mi ser abierto hacia la escucha. Más allá de mi pequeño circulo, extiendo la mirada sobre el mundo y me pregunto por su sentido. ¿El mundo está loco, como decía mi abuelita? ¿El mundo ha perdido sus valores y la generación que nos vamos, es la última que tuvo rasgos de humanidad? O quizá todos, de manera humilde, tenemos que agradecerlo todo, para que algo empiece a cambiar. Feliz año 2022. Mándeme sus comentarios a marlisa2000mx@gmail.com